Al hablar del proceso de democracia electoral en México, es muy común que el tema sea alguna queja o crítica hacia aquellas prácticas con las cuales no estamos de acuerdo. Que si los funcionarios públicos son corruptos y dan puestos de trabajo a sus amigos y familiares, que si las elecciones fueron “compradas” porque uno u otro partido ofreció regalos a los electores, que si no se puede hablar de democracia porque ni las personas se informan al votar ni los representantes responden a las necesidades de los representados; que si no importa el candidato, porque al final la gente vota a ciegas por lealtad al partido y no por convicción. Todas estas quejas son,a la vez, cercanas y distantes: cercanas como tema de conversación del día a día, distantes en términos de responsabilidad.

Pero, ¿hasta qué punto es cierto que esta situación está alejada de nuestra realidad cotidiana?

Esta semana vivimos en el campus nuestro propio proceso de democracia electoral: las elecciones para las sociedades de alumnos, de la Federación de Estudiantes del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (FEITESM) y del Comité de Acción Social y Ciudadana (CASC). En este proceso, diferentes planillas buscan representar a los estudiantes de su carrera, haciendo propuestas para cubrir las necesidades de sus representados. Es nuestro propio proceso electoral a pequeña escala, donde tenemos la oportunidad de reflejar que es lo que queremos para nuestra comunidad; no sólo al elegir un proyecto de sociedad de alumnos, sino también al comportarnos en estas elecciones como esperamos que la sociedad se comporte en las elecciones gubernamentales.

Es por eso que debemos ser muy conscientes de cómo nos involucramos en estas elecciones. El proceso debe ser transparente y nuestra participación congruente con nuestras exigencias; una dinámica donde las propuestas y el equipo de trabajo cuentan para crear un futuro. La democracia, no importa si es a nivel nacional o en estas elecciones locales, es acerca de trabajar por la igualdad de oportunidades y de tratar a los demás cómo queremos ser tratados. De cómo vivimos nuestra vida diaria y de cómo las decisiones que tomamos ayudan a formar la sociedad que nos rodea.

Y sí, tenemos fundamentos para decir en nuestras conversaciones que a México le falta democracia. Pero le falta, no sólo por la corrupción o los fraudes en las altas esferas; le falta porque no hay suficientes ciudadanos democráticos que lo apliquen a su vida diaria, mucho menos aquellos que participen activamente en la política. Porque vivimos en un país donde muchos prefieren hacer lo fácil o lo conveniente por encima de lo correcto. Porque para empezar, nuestras acciones no reflejan los valores que exigimos para nuestro país. Y así, ¿con qué cara podemos quejarnos y pedir a los políticos que actúen democráticamente? Al fin y al cabo, ellos participan de la cultura política que han fomentado nuestros comportamientos. Si realmente queremos cambiar esto y que México sea un país en donde podamos decir que la democracia funciona de manera eficiente, primero tenemos que hacer nuestros estos valores, aplicarlos en nuestra vida cotidiana, en áreas que son tan cercanos a nosotros como las elecciones de nuestros representantes estudiantiles; y este proceso comienza desde el ámbito más cercano a cada uno de nosotros, desde nuestra comunidad más próxima: nuestra universidad.

 

*Una colaboración de FANZINE RI 

15/10/2015
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