Mi experiencia en el Servicio Social fue de lo más enriquecedor que me he llevado en mi vida. Me apunté de cuenta-cuentos en la Biblioteca Central del Estado de Querétaro, mejor conocida como “La Gómez Morín” y  fui de los últimos en apuntarme en alguna institución. Buscaba algo que no tuviera que ver propiamente con la Ingeniería Industrial, hoy mi profesión. Quería tener una experiencia que tuviera ingredientes distintos, con mayor contacto, de mayores expresiones faciales, de mucho verbo y mímica. Por supuesto, no un payaso de fiesta, pero sí algo colorido y movido. Entonces, mi mismo deseo me llevó a dicho lugar. A diseñar un programa de entretenimiento basado en la lectura a voz alta a niños desde los 0 a los 99 años.

En aquel entonces, me había involucrado en algunos actos del movimiento #YoSoy132, y lejos de querer ser oportunista y encontrar un espacio de des ahogamiento, me sentí identificado con algunos objetivos originales de esta congregación. Me llamaba mucho la atención el tema de la educación. No se nos enseña (y un gran mayoría no trata de ir al meollo por cuenta propia) pasajes de dolor e injusticia en la historia moderna de nuestro país y entonces no alcanzamos a entender por qué México hoy sufre de una violencia fuera de serie, de una pobreza que rebasa los 50 millones de pobres, con los niveles más altos de corrupción a nivel mundial y con la nube gris que envuelve a los niños de México llamada bullying. Vaya problema. Peor aún, cuando no ubico dentro de mi panorama, esfuerzos contundentes que mitiguen de manera considerable estas problemáticas.

Discerní que a partir de la lectura, se pueden mitigar algunas problemáticas. Cuando el sujeto encuentra una pasión en la lectura, lo va librando de caer en dinámicas agresivas y violentas a terceros, quebradoras de un tejido social, punto de partida fundamental en la transformación a un país más amigo e incluyente entre nosotros mismos, con potencial a la creación de redes de solidaridad en todo sentido. Habrá más alternativas, pero la lectura, era mi apuesta.

Habían pasado dos años de un “Mochilazo” que, junto con otros treinta camaradas de mi calaña, hicimos en las comunidades autónomas del EZLN. Estas comunidades me ensañaron que los políticos son ellos mismos y todos, todos los que integran la comunidad, hacen política; es decir, traducido en un lenguaje más citadino: hay democracia. Ni un aire de violencia se respira. La participación no se limita a un voto, sino a un involucramiento profundo del entorno en donde se ubican. Este peregrinaje, me marcó y lo tomé para el diseño en la creación de una identidad de yo como cuenta-cuentos.

Me puse un nombre y le puse un uniforme, haciendo recordar a ese reino que me tocó caminar durante una semana.

La promoción de mis actividades eran personales y yo mismo montaba todo el set para que los pulgones –como les llamaba a los escuchas– tuvieran la oportunidad de escuchar y de interactuar con los personajes de la lectura y con un servidor. El número de adeptos fue creciendo (igual no era una cantidad impresionante, pero sí de un poco de satisfacción) y la fidelidad se hacía presente cada sábado.

Las emociones de los escuchas y el verlos cada ocho días, me podían dar sosiego, pues sí hay caminos alegres para llorar con carcajada el diagnóstico de nuestro país y las ganas de querer irlo transformando.

Mi invitación es a que, cuando les toque realizar su Servicio Social, piensen globalmente y actúen localmente, con esperanza. La gratitud se siente a veces y no necesariamente se escucha… y cuando terminen el Servicio Social, veamos nuestra vida como un servicio social para siempre.

17/07/2014
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