Estoy en el Starbucks, conectada a Internet, tratando de escribir en un blog, con un libro de Cristina Rivera Garza en la mochila para cuando me canse de typear. Y ¿todo esto qué? Si lo pienso por un momento yo no estaría aquí si no hubiera entrado a LCC.

Y si pensamos aún más lejos, Starbucks no sería nada sin la comunicación y esa gente que ha sabido cómo vender un espacio y publicitarlo, porque (y el otro día comentaba esto con unas amigas) a Starbucks no vas a comprar café sino a comprar una experiencia y ¿cómo es que la gente compra experiencias en lugar de productos?

Realmente que ahora es mucho más importante el valor agregado de un objeto que lo que en verdad te ofrece.

¿O qué no es eso Apple? Porque hay mil computadoras que pueden hacer lo mismo que las suyas, pero Apple te vende diseño y lo más importante un estilo de vida. Pero, mejor no divagaré al respecto.

El asunto es que LCC es más que nada valor agregado. Valor agregado por la gente, los proyectos, y sí las cosas que aprendes, pero sobre todo, lo que se supone que no aprendes. Porque en una clase sí te enseñan lo básico de edición de video, ¿no?

Lo interesante es cuando decides que por tu cuenta le vas a picar de más al programa y aprender a hacer un comercial que en verdad parece que podría estar en la tele. O quizá es decidir que a ti no te importan los medios pero sí que puedes hacer proyectos para ayudar a una comunidad perdida a mitad de México.

O también desarrollar un blog en el que comentas y criticas día a día las noticias más importantes del país. O salir a tomar fotografías que, aunque tú sabes que no importa si siguen la ley de los tercios, de todas formas buscas ese encuadre perfecto.

A fin de cuentas lo que es un LCC, una persona intensa de una forma u otra, quizá un poco loca también, que respira y vive creatividad. Ese es el valor agregado que un LCC le ofrece a su sociedad.

Y es que ser LCC no es sólo saber usar una cámara, sino saberla usar para decirle algo a la gente que le importa, o quizá hacer evidente un problema social o decirle a la gente porque comprar algo o no.

Cuando entré a la carrera lo único que pensaba era en que iba a aprender a tomar fotos y hacer videítos, pero es que, y aunque sí es importante saber hacerlo, eso no es un LCC.

Un LCC en esencia es alguien chismoso (en el buen sentido de la palabra), al que le gusta estar enterado de lo último y le gusta compartirlo, un comunicólogo tiene un algo de artista y también un algo de organizador.

A veces, y recordando a toda la gente que ha sido corrida de varios medios en el país, pienso que tal vez me equivoqué de carrera, pero al final siempre me doy cuenta que no hay otro lugar en el que yo cabría con todas mis excentricidades, porque, no puedo olvidar mencionarlo, un LCC es también un poco raro.

Por todo lo mencionado es difícil describir todo lo que hace un comunicólogo, lo interesante, sin embargo, es como nuestra vida se vuelve más agradable, gracias a nuestra acción casi invisible. Y es que, aunque los ingenieros, mercas y diseñadores no quieran, los LCC’s estamos metidos en todo.

Erika Ábrego, estudiante LCC

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24/02/2010
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