El libro “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida”, trata aspectos fundamentales que de decidirnos a ponerlos en  práctica, vamos a conseguir además de una calidad de vida mejor para nosotros y para las personas que nos rodean; podremos lograr también un rostro mucho más amable  y, como dice Dale Carnegie, menos úlceras de estómago.

En el aspecto Personal, concretamente empezaré por decir que soy de un temperamento muy fuerte y que exploto con frecuencia; además de que soy muy perfeccionista, y eso me hace ser aprensiva: me angustia pensar qué pasaría si las cosas no me resultan perfectas como las imagino… Creo que en mi persona yo podría poner en práctica infinidad de sus reglas o enseñanzas… Empezaré por la siguiente: Regla 1. “Pensemos y actuemos con alegría y nos sentiremos alegres” .  La verdad, es tan cierto lo que menciona el autor de que el 99% de las cosas que tememos que pasen, ¡nunca suceden! Pero mientras tanto, me empeño en amargar mi existencia y la de los demás… ¿Por qué me preocupo de las cosas que aún no ocurren, en vez de “ocuparme” de hacer lo mejor posible las que ahora tengo en las manos? Y ya así sin darme cuenta, me he creado el hábito de vivir preocupada, y resulta que a menudo me encuentro rendida a mitad del día…literalmente agotada.  Y ahora entiendo, no es otra cosa que el estrés.

Y como en un círculo vicioso, menciono en seguida mi otro error: Me angustia también todas las cosas que tengo que hacer, y a veces doy mil vueltas… ¡y no concreto nada!  Salta entonces la segunda regla: “Haga un plan para el trabajo de mañana antes de acostarse esta noche” .  Debo seguir el consejo de ser como el reloj de arena: Un grano de arena cada vez y una tarea cada vez.  ¡Pareciera tan fácil vivir sólo día por día! Olvidando lo que había ocurrido ayer y no torturándome por el mañana.  Como lo expresa el autor : “Llevar hoy la carga de mañana unida a la de ayer, hace vacilar al más vigoroso…”

El mismísimo Marco Aurelio ha dicho que “Nuestra vida es la obra de nuestros pensamientos”, si yo aprendo a ocuparme de las cosas que me inquietan en lugar de preocuparme, estoy segura de que todo irá mejor. Asumiendo siempre una actitud POSITIVA… Y lo anterior coincide también con lo que afirma Vincent Peale : “No somos lo que pensamos ser, pero somos lo que pensamos”.  ¡Luchemos pues por conquistar esa felicidad! Alguien sabiamente comentó un día que lo importante no era el querer hacer cosas extraordinarias, sino hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias.  Y si yo estoy tranquila y segura de he hecho mi mayor esfuerzo –sin correr y sin angustiarme-, me sentiré sin duda feliz y recompensada.

Algo que considero resume perfectamente lo que acabo de mencionar sobre los pensamientos positivos y el poder que nosotros mismos podemos ejercer para influir en nuestro propio destino, es el texto de Sibyl  F. Patridge, del cual quisiera citar algunas líneas.

“Sólo por hoy”

Sólo por hoy seré feliz. Sólo por hoy trataré de vigorizar mi espíritu. Sólo por hoy seré agradable. Sólo por hoy, trataré de vivir únicamente este día. Sólo por hoy, no tendré temor de ser feliz… Creo que muchas veces es sensato hacer un alto en el camino y darnos la oportunidad de ser mejor de lo que fuimos ayer, sólo por hoy.

Entramos ahora casi de manera natural al ámbito Familiar. Y es que es lógico: Si uno está bien consigo misma, en su persona, pues también lo va a estar su relación con los demás. Debo empezar a quererme a mí misma para poder querer a quienes me rodean. Quiero entonces citar 2 frases del texto que me han parecido contundentes : “Para combatir la fatiga y la preocupación, la primer regla es descansar a menudo. Descanse antes de cansarse” y también esta otra: “Descansar es reparar”. Cuánto de cierto hay en tan pocas palabras! Si yo no me libero de mis tensiones y problemas… ¿Cómo puedo estar al 100% para ocuparme de mi familia, sin tensión y sin enfermedad? Pues debo empezar por hacerle caso al Dr. Alexis Carrel, quien dijo así : “Quienes conservan la paz interior en medio del tumulto de la ciudad moderna, son inmunes a las enfermedades nerviosas y orgánicas”. Así es que, si deseo conservar la buena salud debo practicar esta ley de oro: ¡Descanse!” Y debo también sacudirme los malos hábitos y empaparme de los hábitos buenos. La tensión es un mal hábito, y el descanso es un hábito bueno. ¡Me ha encantado la analogía de que debemos parecernos a un calcetín: blando y flexible. O bien, a un gato! Y para eso… hay aprender a descansar.

En el aspecto Social, he encontrado algo después de la lectura de este libro, que veo que puede encajar aquí perfectamente: Si estamos hablando de librarnos del estrés, y de descansar y de tomarnos esta vida no tan en serio, pues de lo contrario no saldremos vivos de ella…. Pues soy una firme creyente –y lo he constatado- de que si hablamos de nuestras preocupaciones con alguien más, por el simple hecho de expresarnos y de que alguien nos escuche… aunque no nos diga ni nos resuelva nada ¡ya experimentamos un gran alivio!  Definitivamente yo apoyo estos momentos de catarsis.

Otra enseñanza que me ha parecido verdaderamente formidable, habla respecto al placer de dar. Creo fervientemente que como sociedad, algo muy diferente seríamos si cultiváramos desinteresadamente esa noble virtud. Coincido totalmente con el autor Carnegie cuando menciona en su obra que si queremos encontrar el camino directo para la felicidad, debemos empezar por aprender a dar. Y no necesariamente estamos hablando de cuestiones económicas; cuanta gente existe que cree que puede comprarlo todo con el dinero… ¡Qué equivocados! Debemos aprender no sólo a dar, sino a darnos. Dar a los demás nuestro tiempo, nuestra compañía, nuestra escucha, nuestro consejo, nuestra amistad, nuestro cariño….  Además, la felicidad que estaremos transmitiendo a los demás cuando reciben algo nuestro, ¡es contagiosa!

Esa dicha y alegría, que los que están a nuestro alrededor sienten, nos la transmiten de regreso… En otras palabras, al dar, también recibimos. Ahí reside nuestra recompensa: si hacemos felices a los demás, ¡uno mismo es también feliz! ¿Cómo es posible esto? Muy sencillo. Cuando ayudamos a otros, sin darnos cuenta dejamos de pensar en nosotros mismos –dejamos de ser el centro del universo- y por consiguiente, nos desprendemos también de nuestras preocupaciones, temores e inseguridades. Ya lo dijo el mismísimo Benjamín Franklin : “Cuando eres bueno para los demás, eres mejor para ti mismo”.

Para aplicar algunos conceptos de la lectura en el  terreno Profesional, encontré innumerables situaciones. Comenzaré mencionando que comparto firmemente la convicción de que las personas que disfrutan haciendo su trabajo, son muy afortunadas: lo hacen con inmenso placer e irradian su energía y su buena vibra a los demás.  Pero si desafortunadamente no es nuestra situación, me ha gustado mucho el consejo de Carnegie al respecto : “Actúe como si su trabajo le interesara y esa actuación le creará un interés real”. Si pensamos con convicción que nuestras labores son  agradables, tarde o temprano terminaremos por convencernos de ello.

Quiero mencionar también varias fórmulas maravillosas que definitivamente nos ayudarán a mejorar las preocupaciones cotidianas de la oficina. Se me ocurre citar la técnica de Galen Litchfield para eliminar el 90% de las preocupaciones : “1) Consigne por escrito cuál es el problema. 2) Determine cuáles son las causas del problema  3) Determine las posibles soluciones. 4) Decida cuál es la mejor solución y actúe”. Creo que al igual que en los varios ejemplos que a este respecto se mencionan en el libro, el seguir estos pasos tan sencillos, nos puede evitar varios dolores de cabeza y definitivamente, también úlceras de estómago.

Igualmente me han encantado los 4 buenos hábitos de trabajo para ser más efectivos en nuestra resolución de problemas : Hábito # 1: “Despeje su mesa de trabajo. Mantenga el orden” (estoy convencida de que ello ayuda también a despejar nuestra mente). Hábito No. 2: “Haga las cosas según su orden de importancia”  ¡Esto es fundamental! Hábito No. 3: “Cuando tenga un problema resuélvalo inmediatamente” (¿para qué postergar lo que de todas formas debe de hacerse?) Hábito no. 4: Aprenda a organizar, delegar y supervisar”. Si logramos dominar estas verdades, seremos más eficientes; pero sobre todo, más sanos y  más felices.

Y algo que no puedo dejar de mencionar en el ambiente laboral porque es muy común: las envidias y los celos que despiertan entre los demás la actuación sobresaliente de algún compañero de trabajo.  Desafortunadamente, sucede. Me ha gustado mucho lo que menciona Dale Carnegie respecto a que no debemos pagar a nuestros enemigos desprecio con desprecio, porque lejos de hacernos sentir mejor; nos hace ser igual que ellos… No debemos darle importancia a los actos de las personas que nos desagradan… No vale la pena.  Esto se puede leer muy fácil… pero lo cierto es que a veces ¡cómo cuesta trabajo!  Sin embargo, es algo con lo que tenemos que aprender a vivir.  A este respecto, quiero citar una frase que me ha parecido por demás apropiada : “Hacer las cosas lo mejor que se pueda y a continuación abrir el viejo paraguas y procurar que la lluvia de críticas no nos moje”.

Para cerrar esta primera parte de mi análisis, quiero hacer mención a un párrafo que me encantó y para no omitir nada importante, citaré textualmente. A mi parecer, resume a la perfección todo cuanto se relata en el presente libro. Se trata del consejo colgado en pared de la sala de espera de un médico en Filadelfia :

Descanso y Recreo

“Las fuerzas que más descansan y recrean son una religión saludable, sueño, música y risas.
Tened fe en Dios, aprended a dormir bien, amad la buena música y ved el lado divertido de la vida.
La salud y la felicidad serán vuestras”.

Siguiendo con la segunda parte de mi análisis reflexivo, debo hacer mención de una experiencia personal en la que después de haber aplicado alguno de los principios contenidos en la presente obra, haya logrado disminuir alguna preocupación, que redunde para mí en un mejor desempeño o en un mayor disfrute de la vida… Pues bien, después de pensar un poco al respecto, decidí hablar respecto a la pérdida de mi hermano hace ya 20 largos años: él tenía casi 22 y yo tenía 20….

La muerte siempre es algo que nos asusta, y nos deja una gran tristeza… Pero hasta esa edad, yo estaba convencida –por lo que me había tocado vivir- que siempre se van primero las personas mayores, y que por lo general (al menos así había sido en mi familia) es un proceso natural que sigue después de una penosa enfermedad… No digo que uno esté listo para recibir a la muerte, pero si es algo que ya se ve venir, aunque no deja de ser doloroso cuando llega, al menos uno trata de estar preparado anímicamente para soportarlo lo mejor posible… Bueno, pues mi hermano falleció apenas 3 meses después de haberse graduado de Ingeniero Industrial en el Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro. Era una persona con un gran carisma, un talentoso muchacho que tenía una novia a la que adoraba, muchos planes por delante, y un promisorio futuro en la empresa en la que había sido contratado… Falleció porque un tráiler lo sacó de la carretera, a escasos 200 metros de la entrada del rancho donde viven mis papás, en San Juan del Río…. ¡Ya casi llegaba a casa! Pero obviamente, Dios tenía reservados planes mucho más grandes para él, planes muy distintos a los que él y nosotros nos habíamos trazado…

Recuerdo perfectamente cuando me avisaron lo sucedido un jueves por la mañana (el accidente había ocurrido en la madrugada del día anterior; mi hermano había tenido una cena esa noche para festejar el cumpleaños de unos amigos, y dos de los asistentes ya venían pasados de copas, por lo que mi hermano se ofreció a llevarlos hasta Querétaro a su casa con tal de que sus amigos no manejaran… Cuando mi hermano regresaba de dejarlos, fue que ocurrió la tragedia…) ese día a las siete y media de la mañana cuando fueron a buscarme para llevarme al hospital, mi hermano todavía seguía con vida –su juventud y su fortaleza aún lo mantenían así- pero lamentablemente a las 6 de la tarde de ese jueves 18 de octubre, nos dejó… No me permitieron entrar donde estaba él… ¡No alcancé a decirle cuánto lo quería!

Nunca antes había sentido un dolor tan hondo, tan “ciego”, brutalmente entorpecedor… Todo era confusión, desolación, rabia, impotencia, llanto… Lo primero que yo hice fue negarme a aceptar lo sucedido. ¡Me rebelé! ¡Cómo podía ser posible! ¡Alguien tan joven, tan lleno de vida, con tantos proyectos! ¡Dios no podía permitir que esto estuviera pasando! Y  me instalé en la más completa y rotunda negación…  Ahora comprendo quepor el contrario, lo que debí haber hecho es lo que menciona Elsie McCormick : “Cuando dejamos de luchar contra lo inevitable, dejamos en libertad una energía que nos permite crearnos una vida más rica”.

Viéndolo ahora en perspectiva -años después de ocurrido- creo que efectivamente de ese modo, las cosas habrían transcurrido con un poco menos de dolor.  Debí aplicar la sabia filosofía de los maestros del jiujitsu: Aprender a doblarme como un sauce, y a dejar de resistirme como un roble…

Algo que  tampoco me permití hacer, fue externar mi tristeza; desahogarme… ¡Sacar fuera todo lo que llevaba por dentro! ¿Qué por qué no lo hice?  Pues simplemente porque no quería abrumar a mis padres más de lo que ya estaban. No podía aumentarles su dolor, así que decidí “tragarme” todo el pesar que yo sentía… Y tristemente, sin que nadie en casa lo anunciara como una regla escrita, cada uno de nosotros optamos –en la medida de lo posible- por evadir cualquier tema relacionado con mi hermano… Si pensábamos en él, o hablábamos de lo que hacía o le gustaba, nos provocaba un enorme pesar (ahora creo que era porque todos seguíamos instalados en la negación). ¡Para que sufrir entonces! Mejor lo evitábamos…

Pero afortunadamente el tiempo todo lo cura, o al menos en parte, porque aunque mi dolor seguía ahí, muy dentro de mí… escondido… Poco a poco logré traer de vuelta de nuevo a mi adorado hermano: empecé a recordar anécdotas de nuestra niñez; los juegos que jugábamos; cómo fuimos creciendo hasta llegar a las complicidades de la juventud… Poco a poco aprendí a vivir con su recuerdo, que aunque al principio me dolía mucho, ¡era un millón de veces mejor a dejar en el olvido a alguien tan especial con tal de no sufrir!… Aprendí también a hablar con él (¡mucho más que antes!), a confiarle mis cosas, a pedirle consejos…. Y a pesar de que ahí no había nadie que me respondiera, creo que lo que me ayudaba eran esos momentos de catarsis… ¡era el poder curativo de las palabras! como se menciona en el libro… El hecho de que yo externara en voz alta mis inquietudes, me ayudaba a replantear la situación y a encontrar mis propias soluciones.

¡Qué injusta fui antes cuando me privaba del gozo de tantos y tantos hermosos recuerdos!! Pero creo que más que injusticia, era porque no me encontraba preparada… Y aún no canto victoria, no creo estar preparada ni siquiera ahora (todavía no consigo dominar mis emociones y poder hablar de él frente a una audiencia sin quebrarme) ¡pero cómo me encanta recordarlo!  Como dice Carnegie : “No es una lección que se aprenda fácilmente. Ningún ser vivo tiene la pasión y el vigor suficientes para luchar contra lo inevitable; pero al mismo tiempo, tiene lo bastante de otras cosas para crearse una nueva vida”.   ¡Y es cierto!  La vida sigue. He aprendido que debo hacer las paces con la vida y tomar la misma actitud que aquella tía de uno de los relatos de Carnegie, cuando le notificaron que su amadísimo sobrino había muerto en la guerra : “Aguanta, suceda lo que suceda. SONRIE y sigue adelante”. Además, no tengo porqué llevar toda esa carga yo sola, si puedo ponerme también en manos de Dios. Y eso es precisamente lo que estoy tratando de hacer.

Quiero cerrar este apartado con una hermosísima oración escrita por el Dr. Reinhold Niebuhr que creo le da el toque final a estas situaciones que nos plantea la vida y a veces no sabemos cómo resolver:

“Concédeme Señor, serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar las cosas que sí puedo, y sabiduría para distinguir la diferencia”  .

Para concluir con el presente análisis, debo expresar porqué –según mi opinión- es importante reducir o suprimir el estrés y las preocupaciones, mencionando las afectaciones que traerá la anterior en el trabajo bajo presión. Y por último, hablar respecto al impacto del estrés en nuestro desempeño en la vida…

En  mi opinión, es INDISPENSABLE que a lo largo de nuestra vida vayamos aprendiendo a dominar nuestra madurez emocional y a comportarnos con cordura y sensatez. Si dejamos que nuestras preocupaciones nos rebasen, entonces vamos a perder el timón de nuestras vidas y llegaremos a convertirnos en guiñapos, dando tumbos por ahí, a merced de los demás y de las circunstancias… ¡Eso definitivamente no lo podemos permitir! No debemos dejarnos apabullar por la angustia y el miedo… No sería justo para nosotros mismos, ni tampoco para los que han puesto su fe y su esperanza en nosotros.

Si nos encontramos sujetos a una presión de trabajo constante, no podemos darnos por vencidos y tirar la toalla, para después sentarnos a esperar que nos lleve la corriente. Las personas con temple, recias de espíritu, puede que se tambaleen un poco -o un mucho- ante las dificultades, pero el secreto es no vencerse por completo: deben aprender de los errores y lo que es más duro aún: levantarse después de haber caído.  No podemos permitir que la angustia merme nuestro rendimiento en el trabajo, que nos asfixie y no nos permita pensar, porque si accedemos a ello, quien primero pagará la cuenta seremos nosotros mismos: en autoestima, y también en nuestra salud física y mental. Y esa es una factura de muy alto precio. Debemos aprender a encarar nuestros problemas de frente, y resolverlos lo mejor posible: analizándolos, determinando sus causas y tratando de emprender la mejor solución. ¡Es mejor fracasar después de intentar, que ni siquiera darnos la oportunidad de hacerlo! Las personas que son capaces de trabajar bajo presión, son las que logran sobresalir no sólo en sus trabajos, sino también en la vida.

Lo mismo sucede en el terreno personal. Indudablemente vamos a estar sometido a presiones de todo tipo. Como dice en el libro de Dale Carnegie : “Ocúpate de los problemas si lo puedes resolver… pero si no, ¿de qué te preocupas?” A este respecto puedo aplicar también la analogía que reza: “Ante las dificultades, debemos aprender a doblarnos como un sauce y a no resistir como un roble”  de lo contrario, las preocupaciones terminarán por quebrarnos, y no saldremos vivos de ellas. Definitivamente la vida es como una montaña rusa, a veces estamos arriba y otras más nos encontramos abajo… Siempre habrá una lección que aprender cuando  estemos abajo, pero siempre habrá también la esperanza de que tarde o temprano las cosas cambien.

Debemos mantener siempre una actitud positiva, que haga que se alejen las tensiones y preocupaciones y no nos convirtamos en un costal de huesos: sin comer, sin dormir y completamente irreconocibles por la angustia. Si nos dejamos abatir, gran parte del problema ya lo tendremos perdido… Es preciso serenarnos, aprender a pensar con la cabeza fría y como dice Dale Carnegie: si nos tocan limones, pues… ¡a hacer limonada! Algo bueno habremos a sacar de todo eso. ¡Sí señor! Definitivamente nosotros somos más grandes que nuestros problemas… pero si en algún momento llegamos a sentir que la carga se vuelve más pesada de lo que humanamente podamos soportar… ¿por qué llevarla nosotros solos? Pongámonos siempre en manos de Dios y pidámosle sinceramente que nos guíe y nos ayude a salir bien librados de esto.  A que se convierta en esa “luz verde” que guíe sin temores el tren de nuestras vidas. ¿Acaso no nos lo ha dicho de innumerables maneras nuestro Señor?: “Pide y se te dará. Busca y encontrarás. Toca y se te abrirá”.  Tengamos la total y absoluta certeza de que a partir de ese momento, ya nunca más nos sentiremos solos.

-Por Teresa Villamil Gómez, alumna de la Maestría en Administración

Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro

La nota es un analisis reflexivo del libro “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida” de Dale Carnegie.

22/11/2010
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