Algunas preguntas clave que debemos plantearnos tanto los padres de familia como los profesores son: ¿Estamos educando para la vida o solamente transmitimos información, -instruyendo-? ¿Somos maestros o profesores? ¿Predicamos con el ejemplo o solamente expresamos con palabras lo que más tarde contradecimos con los hechos?

Motivar a nuestros hijos y alumnos a preguntar y enseñarles el cómo hacerlo debe ser parte de la misión de los padres y maestros, y también uno de sus objetivos fundamentales. Para que los educandos hagan suya la frase de Demócrito “Prefiero conocer una causa a ser el Rey de Persia” necesitamos ser interesados: interesarnos sobre los asuntos importantes de la vida, averiguar, aprender, buscar causas y predecir efectos, etc. De esta forma la vida será una búsqueda permanente del conocimiento, la potenciación de talentos y la superación continua. Quien tiene un fin en mente, algo que perseguir, una meta que alcanzar, un objetivo que cumplir, tiene también razones poderosas para vivir y aprovechar al máximo cada instante de su existencia.

En muchos hogares y escuelas nos han instruido para la prosperidad, en el mejor de los casos; pero no nos han educado para tener paz por medio del perdón, la flexibilidad, la tolerancia, la cultura de dar, el respeto, la búsqueda permanente del mejoramiento personal, etc. Sabemos que el ser humano es un ser biológico, sicológico y espiritual y no nos han entrenado para ser felices y productivos. Pocas veces conseguimos una educación integral de excelencia. ¿Por qué nuestro sistema educativo ha fracasado?

¿Cómo educamos a la gente para ser productiva?

Cuando un alumno tiene problemas en un área específica del conocimiento, un elevado porcentaje de los profesores aconsejaría proporcionarle asistencia adicional en esa área y en muchos casos la asistencia de un psicólogo que le apoyen en la superación de esas “deficiencias”. No pensamos que si una persona es excelente en un área y deficiente en otra, habría que enviarlo por tiempo adicional y dedicar todos los recursos disponibles para potenciar al máximo sus fortalezas y no machacarle en sus debilidades. Hay una razón de peso para afirmar lo anterior: Ninguna personas puede ser buena en todo. Este es un paradigma equivocado: ¿por qué una persona debe tener notas elevadas en todos sus cursos? ¿Por qué el afán de ser buenos en todo? ¿Cuánto habrá perdido la humanidad por insistir en el paradigma anterior? Por ejemplo, el padre de Miguel Angel quería que el gran artista se convirtiera en contador, si su deseo se hubiera cumplido, la humanidad se hubiera perdido de uno de los artistas más geniales de la historia. Por lo anterior, lo que realmente se requiere es enfocarnos en nuestras potencialidades, en nuestros talentos y dejar de incidir en nuestras debilidades.

Muchas instituciones educativas se encuentran preocupadas por la disminución de los índices de reprobación, la deserción y el bajo nivel de adquisición de conocimientos de los estudiantes. Establecen planes, programas, estrategias y acciones tendientes a atacar la problemática en lugar de aumentar la competitividad de los egresados al educarlos realmente para la vida y no instruirlos para aprobar un examen o demostrar ciertos conocimientos que en muchas ocasiones tienen bajas posibilidades de aplicación. Los padres y profesores debemos ir a la raíz del problema, no tratando de curar el cáncer con aspirinas, no atacando los síntomas sino el origen de la enfermedad. En la mayoría de los casos las enfermedades tienen un origen emocional, mental o espiritual que se generan por falta de bases sólidas de índole formativa y no por falta de conocimientos.

*Director de la Carrera de Ing. Mecánica, Tecnológico de Monterrey  Campus Querétaro

jlortiz@itesm.mx

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06/09/2010
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